El redescubrimiento

Siempre he sabido que es muy fácil para muchos de nosotros el dar por hecho las cosas que ya tenemos y pasar por alto aquello que vemos con frecuencia, sin importar la belleza o el valor de aquello.

Muchas veces este fenómeno tan normal y tan desafortunado tienda a sucedernos con nosotros mismos y con nuestro propio cuerpo, algo que le pasa mucho a las personas que desafortunadamente de pronto pierden la salud o algo parecido y es hasta entonces que nos damos cuenta de lo que teníamos.

Esto también es un fenómeno que nos puede suceder con nuestro propio país ya que al verlo tanto nos es fácil acostumbrarnos tanto a sus bendiciones como a sus maldiciones, lo que nos hace perder todo tipo de objetividad.

Siempre he escuchado que México es un país hermoso, sobre todo sus playas, que son mundialmente famosas por la claridad de sus mares; sin embargo, he escuchado a muchos turistas decir que la Ciudad de México es un lugar hermoso y que podrían vivir aquí fácilmente.

Debo aceptar que soy una de las personas que más se queja de su propia ciudad y constantemente estoy proponiendo cosas nuevas para la metrópolis, ya que siempre estoy lejos de estar conforme.

Debido a esto decidí por cuatro días convertirme en un turista de mi propia ciudad  y descubrir este lugar con el mismo fuego que lo hacen los turistas y viajeros que vienen a nuestra ciudad.

No obstante, aunque no lo creamos, no es tan fácil redescubrir algo que ya conocemos, ya que para hacer esto es necesario ver a tus alrededores con un ojo distinto a los que generalmente utilizamos; sin embargo, el redescubrimiento de algo ignorado es uno de los frutos más dulces que la vida puede ofrecer.

Al principio no sabía ni siquiera cómo habría de viajar en mi propia ciudad, dónde habría de quedarme y con quién habría de hacerlo.

Muchas veces es necesario reestudiar cosas que uno ya sabe, a modo de redescubrir lo ya sabido con más fuerza y vigor, por lo que investigué aquello que hacen los turistas al venir a la ciudad de México, esto incluyendo a restaurantes y sitios de interés para alguien que aquí no conozca.

Mi siguiente paso fue buscar hoteles en México D.F. y analizarlos, algo que fue bastante divertido así como enriquecedor, ya que descubrí una gran cantidad de excelentes hoteles en nuestra ciudad, cuyo lujo es visto y vivido en pocos lugares.

Sin embargo, al hacer esto me di cuenta también de que algunos de los turistas que aquí vienen viajan con poco presupuesto, especialmente aquellos quienes son jóvenes.

Por esta razón busque hostales en la ciudad de México que se ven bastante buenos y divertidos, ya que se encuentran localizados muy cerca de bares y discotecas, además de contar con barecitos propios, visitados por muchos extranjeros, donde el alcohol tiende a ser de bajo precio y de buena calidad.

Veamos cómo me va, o puedes tratar tú mismo de redescubrir tu ciudad.

Hay tantos viajes como viajeros

A nuestra mente le fascina clasificar; de hecho, filósofos como Aristóteles o Kant han planteado que nuestro intelecto sólo puede operar mediante categorías, bajo las cuales coloca la información que recibe de la experiencia, para poder interpretarla.

Pero tranquilos, que la intención de esta nota no es ahondar en cuestiones epistemológicas. Me puse a pensar en las categorías, porque hace unos días leí un artículo que me invitaba a descubrir el tipo de viajero que era.

Se mencionaba al que todo lo planea y al que no hace reservaciones ni en defensa propia; al que carga hasta con el perico y al que lleva todo lo necesario en una pequeña mochila; al que sigue las guías turísticas al pie de la letra y al que prefiere aventurarse por los senderos que casi nadie transita.

El artículo me divirtió y aunque no logró que me identificara al cien por ciento con algún tipo de viajero, sí me hizo pensar en los compañeros de viaje más interesantes, divertidos y ocasionalmente exasperantes, pero igualmente memorables que he tenido. Y ya que a veces la escritura es mero divertimento, me animé a preparar este artículo acerca de los tipos de viajeros con los que me ha tocado vivir.

La insomne

A muchos nos pasa que tenemos problemas para conciliar el sueño en los primeros días de viaje. Entre la emoción, el deseo de aprovechar al máximo el tiempo y el tener que adaptarse a un alojamiento que no siempre es de lo más confortable, podemos pasar las primeras noches dando vueltas en la cama. No obstante, bastan uno o dos días muy activos para que caigamos como troncos.

Mi amiga insomne, sin embargo, es capaz de pasar semanas de viaje durmiendo sólo un par de horas en los traslados y un poco más por las noches. Pero sin importar cuanto nos cansemos durante el día, siempre será la última en dormirse y la primera en despertar para ganar la regadera (aun cuando nadie se la dispute a las cinco de la mañana).

El “VivaAerobus”

Apodamos así a un compañero de travesías que, sin importar lo caro, barato o económicamente accesible que sea un destino, siempre es capaz de encontrar a una buena oferta. Cuando viajé por primera vez a Europa, él me dio una completa lista de todas las aerolíneas de bajo costo que operaban en el continente. “Tienen tan buenas ofertas como los vuelos VivaAerobus”, me dijo; de ahí que se le quedara tal sobrenombre.

El “Vamos a darnos un tiempo”

No hablo de algún enamoradizo que buscara cualquier pretexto terminar con las relaciones, sino de otro gran amigo que, sin importar con quien viajara, siempre necesitaba tomarse un momento a solas. Podía ser sociable, divertido y encantador, pero cuando sentía el llamado del silencio, la introspección o vayan ustedes a saber qué, podía transformarse en un auténtico Hulk si no lo dejábamos irse por su lado.

El Hobbit

A este viajero lo conocí en una excursión a la Riviera Maya. No lo llamamos así por su estatura o su particular habilidad para robar tesoros, sino porque tenía la costumbre de tomar segundo desayuno, almuerzos y varios entremeses antes de la comida. No exagero al decir que hizo degustaciones en todos los locales, mercados y puestos de comida yucateca que nos salieron al paso. Y para envidia de todos, ¡era el más esbelto del grupo!

Seguramente ustedes habrán tenido compañeros de viaje tan singulares como los míos y otros que se adapten casi perfectamente a las clasificaciones de artículos como el que leí. Y así, entre categorías, clichés y rasgos de la propia personalidad le damos forma, color y sabor a nuestras aventuras. Por eso es que puede haber tantos tipos de viajes como viajeros.

El Toro y el Arquero

Todos me llaman Taurus pero, naturalmente, ese no es mi verdadero nombre. Gané tal apelativo por haber nacido bajo el signo del toro y porque, según afirman todos mis familiares, amigos y conocidos que creen en la influencia de los astros, soy Tauro hasta los huesos.

Si con lo anterior quieren decir que soy terco, voluntarioso, decidido y tenaz buscador de todo lo placentero en la vida (tal es, más o menos, la descripción que una vez leí de los Tauro), tienen toda la razón. Aunque no sé si ello se deba por completo a las estrellas o a que desde niño mostré tal empeño en hacer las cosas que me proponía -por más trabajos, caídas y raspones que me costaran-, que mis padres y maestros terminaban por resignarse y dejarme persistir en mis intentos cuando un proyecto se había formado en mi mente.

Durante los años de la universidad conocí al incansable Aguilar, un Sagitario a quien también se consideraba la más precisa encarnación de los manuales de astrología. Estudioso, aventurero, deportista y muchas veces frenético. Después del primer viaje que hicimos juntos -a las Barrancas del Cobre, para celebrar la graduación- supimos que jamás encajaríamos como compañeros de travesías.

Él podía caminar por horas, muchas veces sin decir palabra y apenas probar bocado; era capaz de madrugar para ver la puesta de sol, después de haber velado casi toda la noche para contemplar las estrellas; y si tenía que elegir entre pagar un menú en un pequeño restaurante o invertir casi todo el presupuesto de las comidas en una pieza artesanal que le había cautivado, no dudaba en pagar lo que el vendedor pedía y continuar con la modesta dieta de galletas marías y frutas.

Yo, para empezar, me inclinaba más por hacer todo el recorrido a bordo del tren, para deleitarme con el paisaje desde la comodidad de me asiento; Aguilar me convenció de bajar en cada estación y caminar lo más que fuera posible, pero yo clamaba por un descanso cada veinte minutos; y qué decir de los sagrados alimentos, creo que ni por la más hermosa de las obras de arte hubiera renunciado a una comida corrida.

Luego de esa experiencia, concluimos que probablemente nunca más viajaríamos juntos, pero que sin duda deseábamos saber de nuestras respectivas andanzas por el mundo. Por eso decidimos crear esta revista de viajes, en la que tanto nosotros, como nuestros colaboradores invitados, compartimos distintas formas de recorrer los caminos.

¿Bajo qué otras estrellas han caminado el Toro y el Arquero? Lo sabrán en las próximas entregas.